[Historia] La oposición fuerista a la Constitución de Cádiz

Joaquín Ibáñez-Cuevas, el Barón de Eroles.
Joaquín Ibáñez-Cuevas, el Barón de Eroles.

Artículo de Javier Cubero de Vicente publicado en Esfuerzo Común, número especial, Septiembre de 2021, pp. 24-28.

A partir de la convocatoria de las Cortes de Cádiz en 1810 y hasta el fallecimiento de Fernando VII en 1833, la vida política de las naciones españolas estuvo marcada por un enfrentamiento permanente entre dos bloques claramente diferenciados, partidarios y opositores de la nueva Constitución Política de la Monarquía Española, llamados liberales los primeros y realistas los segundos. La historiografía hegemónica en el tiempo presente, la del nacionalismo español originado por la ideología liberal, ha tratado de definir toda la conflictividad política de esta lejana época como el choque de lo nuevo, el constitucionalismo parlamentario, con lo viejo, el absolutismo monárquico. Sin embargo, una mirada inclusiva que más allá del centro peninsular abarque toda la plurinacionalidad hispánica, con especial atención a las periferias territoriales de lengua vasca y catalana, no tardará en encontrarse con figuras incómodas para el nacionalismo español. Por ejemplo, el Magistrado Borrull o el Teniente General Barón de Eroles, que rechazaron la Constitución de 1812 en nombre de las tradiciones estatales, constitucionales y parlamentarias que conformaban la identidad histórica de sus países, es decir, de los antiguos Reinos, Fueros y Cortes, cuyas raíces se hundían en la Cristiandad medieval, un mundo anterior en el tiempo no solamente a la implantación del régimen absolutista sino también a la propia configuración de la Monarquía española.

De hecho, durante las sesiones de las Cortes de Cádiz, uno de los diputados realistas que más destacó por su oposición al liberalismo fue precisamente el historiador y jurista valenciano Francisco Xavier Borrull, «partidario del retorno al régimen foral»,[1] al que le corresponde «el honor de haber iniciado el movimiento fuerista»[2] del siglo XIX con la publicación en 1810 del libro Discurso sobre la Constitución, que dió al Reyno de Valencia su invicto Conquistador el Señor D. Jayme Primero.

En 1789 fue cuando la Asamblea Nacional Constituyente francesa decidió sustituir la histórica división territorial en «pays» del Reino de Francia por los departamentos, entidades meramente administrativas que se crearon ex novo sin correspondencia alguna con las identidades etnoculturales previas a la Revolución francesa. Por eso al debatirse en las Cortes de Cádiz el artículo 11 de la nueva Constitución española, que anunciaba «una división más conveniente del territorio español» que la existente hasta entonces, Borrull denunció que tal como estaba redactado posibilitaba la reorganización «del territorio español en departamentos, quitando el nombre que actualmente tienen sus diferentes reinos, y agregando los pueblos de los unos a los otros».[3] Igualmente exigió, sin éxito alguno, que el texto constitucional recogiese algún tipo de garantía de que cada reino conservaría en todo momento tanto su denominación histórica como su integridad territorial.

Al mismo tiempo, Borrull también repudiaba la continuidad del despotismo monárquico existente en Castilla desde el siglo XVI, recordando que: «Por más tiempo pudo mantenerse la libertad en Aragón, Valencia y Cataluña; llegó hasta los principios del siglo pasado; y valiéndose entonces Felipe V de la ocasión de las guerras civiles (…) redujo a dichos reinos a una lamentable servidumbre, que ha podido hasta ahora evitar Navarra, conservando, por una especie de prodigio, sus Cortes».[4]

Promulgada finalmente la Constitución liberal un 19 de Marzo de 1812, su aplicación en el plano territorial implicó una uniformización política que en el caso de Navarra fue especialmente humillante. Hasta entonces Navarra había conservado intactos sus Fueros, Cortes y estructuras estatales como Reino diferenciado, de los cuales se vio privada al convertirse en provincia. Así, en 1813 la Diputación del Reino de Navarra fue sustituida en el gobierno de su territorio por una nueva Diputación Provincial. Sin embargo, según Eustaquio de Echave-Sustaeta, «no se resignó el país a la abolición del Reino y de sus Fueros y esperó a que regresara el Rey Fernando VII de Francia, para pedirle la restauración foral».[5]

Finalizada en 1814 la Guerra contra el Francés, la narrativa historiográfica suele recoger que el 4 de Mayo, en Valencia, Fernando VII promulgó un Decreto anulando la Constitución española después de que el general Francisco Javier de Elío le ofreciera sus tropas para derrocar al Gobierno liberal. En cambio, no suele mencionarse que Fernando VII promulgó otro Decreto el 17 de Julio de ese mismo año restableciendo la Constitución navarra precisamente después de que Elío, que era navarro, le presentase una reclamación en ese sentido. A uno y otro lado del río Ebro se restablecía el statu quo existente hasta 1808.

En 1820 un golpe de estado impulsado por militares liberales desemboca en un nuevo cambio de sistema político. Así, Fernando VII, forzado por las circunstancias, decreta un 7 de Marzo el restablecimiento de la Constitución de Cádiz. Se inicia entonces el Trienio Liberal (1820-1823), durante el cual los realistas constituyeron partidas guerrilleras para echarse nuevamente al monte al igual que habían hecho durante la Guerra contra el Francés. Esta guerra de guerrillas populares tendrá especial intensidad tanto en Cataluña como en Navarra.

Según escribió en 1825 Andrés Martín, párroco de Ustárroz, en su Historia de la guerra de la División Real de Navarra contra el intruso sistema llamado constitucional y el gobierno revolucionario, fue en Diciembre de 1821 cuando «los católicos realistas de este Reino salieron al campo», jurando «defender hasta morir los intereses de Dios, los derechos del Rey y las leyes patrias del suelo natal».[6] Se constituye por entonces una Real Junta Gubernativa de Navarra, que en Espinal emite el 21 de Diciembre un documento reivindicando «nuestra Religión y Monarquía con todos los fueros y costumbres legítimamente heredados de nuestros padres».[7]

Con el fin de coordinar la insurrección realista se constituyó en la Seo de Urgel, un 14 de Agosto de 1822, una Regencia integrada por un militar, Joaquín Ibáñez-Cuevas, Barón de Eroles; un clérigo, Jaime Creus Martí, Arzobispo de Tarragona; y un político, Bernardo Mozo de Rosales, Marqués de Mataflorida. Es entonces cuando se explicita, en los dos manifiestos realistas difundidos el 15 de Agosto, una reivindicación de los antiguos Fueros como fundamento de un sistema alternativo al liberalismo doceañista tanto en lo parlamentario como en lo constitucional.

En la Proclama a los españoles de la Regencia de Urgel se anuncia, entre otras disposiciones políticas, que: «Los fueros y privilegios que algunos pueblos mantenían a la época de esta novedad, confirmados por S.M., serán restituidos a su entera observancia; la que se tendrá presente en las primeras Cortes legítimamente congregadas», añadiendo a continuación que «Para lograr que el acierto (…) guíe nuestros pasos, serán convocados, con arreglo a [los] antiguos fueros y costumbres de la Península, [los] representantes de los pueblos y provincias».[8]

En la Proclama a los catalanes del Barón de Eroles, se afirma incluso que: «También nosotros queremos Constitución, queremos una ley estable por la que se gobierne el Estado (…) Para formarla no iremos en busca de teorías marcadas con la sangre y el desengaño de cuantos pueblos las han aplicado, sino que recurriremos a los fueros de nuestros mayores, y el pueblo español, congregado como ellos, se dará leyes justas y acomodadas a nuestros tiempos y costumbres bajo la sombra de otro árbol de Guernica (…) El Rey, padre de sus pueblos, jurará, como entonces, nuestros fueros, y nosotros le acataremos debidamente».[9]

Además, el 8 de Septiembre de 1822 la Real Junta Gubernativa de Navarra dirige, desde Ochagavía, una alocución a los navarros insistiendo nuevamente en la reivindicación foral. Tras señalar «que los navarros jamás consintieron libremente el fatal trastorno de gobierno tan contrario a la pureza de su religión y lealtad, como opuesto a la sabiduría de sus fueros, leyes y costumbres», denunciaba que los liberales que conformaban la nueva Diputación Provincial «sólo aspiran a haceros partidarios contra el Trono y el Altar, a privaros aun del nombre de navarros, cambiando el antiguo reino de Navarra por una mera provincia de Pamplona. ¡Ah! ¿Dónde está aquella sabia legislación de nuestros padres? ¿Dónde aquellos supremos tribunales de justicia, regalías, exenciones de toda especie de tributo y gabelas que gozaban en premio de vuestras virtudes? Todo lo habéis perdido, y no obstante, se empeñan en persuadiros que habéis ganado con la mudanza del Gobierno».[10]

Según afirma Melchor Ferrer Dalmau en relación a la Proclama a los catalanes, el Barón de Eroles «es, por lo tanto, después de Borrull, el restaurador de la doctrina fuerista de la Corona de Aragón».[11] No debería pasar desapercibido tampoco que entre los guerrilleros realistas del Trienio Liberal se encontraban futuros carlistas, como son los casos de Tomás de Zumalacárregui y de Benito de Plandolit, comandantes respectivamente de los batallones realistas 2º de Navarra y 4º de Cataluña, que posteriormente durante la Primera Guerra Carlista destacaron precisamente por su defensa de los Fueros.

En 1823 un ejército francés atraviesa el Bidasoa con el fin de derrocar al Gobierno liberal de Madrid. Curiosamente en esta ocasión no se produce ningún levantamiento popular como en 1808, sino todo lo contrario, las únicas guerrillas realmente existentes se suman rápidamente a esta fuerza militar que ocupó Madrid y avanzó hasta Andalucía sin encontrar resistencia alguna. Finalmente, un 1 de Octubre, en el Puerto de Santa María, Fernando VII decreta por segunda vez la derogación de la Constitución de Cádiz. Desde entonces y hasta su fallecimiento en 1833, Fernando VII gobernó como un Rey absoluto en Castilla al mismo tiempo que reinaba como un Rey foral en Navarra.

Conviene señalar que en la historiografía carlista no existe una valoración unánime del reinado de Fernando VII de Castilla y III de Navarra. Eustaquio de Echave-Sustaeta y Melchor Ferrer Dalmau coinciden en una postura hostil para con la Constitución de Cádiz, pero en cambio divergen en el juicio del gobierno de este Rey tanto en lo referente al sexenio de 1814-1820 como a la década de 1823-1833. Echave-Sustaeta, desde una perspectiva estrictamente navarra, valora positivamente que Fernando III restableciese el régimen foral del Reino de Navarra, cuyas Cortes se reunieron por última vez durante los años 1828 y 1829. Ferrer Dalmau, desde un enfoque territorial más amplio, mantiene en cambio una distancia crítica con Fernando VII, pues restableció el régimen absolutista en los demás reinos hispánicos sin tener en cuenta las tradiciones institucionales de estos territorios, ya que incluso en 1823 fue incapaz de comprender «que era necesario algo más que retornar a la política de Carlos IV y a la que se había seguido de 1814 a 1820».[12]

[1] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo Español, Tomo I, Ediciones Trajano, Sevilla, 1941, p. 144.

[2] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo…, Tomo I, ob. cit., p. 215.

[3] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo…, Tomo I, ob. cit., p. 168.

[4] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo…, Tomo I, ob. cit., p. 170.

[5] Echave-Sustaeta y Pedroso, Eustaquio de, El Partido Carlista y los Fueros (1ª edición en 1914), Imprenta de El Pensamiento Navarro, Pamplona, 1915, p. 7.

[6] Echave-Sustaeta y Pedroso, Eustaquio de, El Partido Carlista…, ob. cit., p. 15.

[7] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo…, Tomo II, ob. cit., p. 41.

[8] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo…, Tomo II, ob. cit., p. 247.

[9] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo…, Tomo II, ob. cit., p. 250.

[10] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo…, Tomo II, ob. cit., p. 58.

[11] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo…, Tomo II, ob. cit., p. 62.

[12] Ferrer Dalmau, Melchor, Tejera de Quesada, Domingo, y Acedo, José F., Historia del Tradicionalismo…, Tomo II, ob. cit., p. 134.