[Historia] ¿Por qué se levantaron en nombre del rey? La incomodidad de la izquierda ante el Dos de Mayo

A contiuación reproducimos este interesante artículo de Álvaro París Martín publicado en la web www.somosmalasaña.com

El Dos de Mayo de 1808 ha sido extensamente atendido en este periódico. No en vano, el devenir actual de sus calles sigue marcado por aquellos sucesos por la toponimia, sus fiestas, los turistas o la historia. En esta ocasión, damos tribuna a Alvaro París, especialista en el periodo, que acompaña el relato de los hechos con su visión desde el pensamiento político contemporáneo.

                                                                                                                                    Francisco de Goya

El Dos de Mayo de 1808 ocupa un lugar privilegiado en la construcción del relato nacionalista español. En la actualidad, esta conmemoración despierta lo más rancio del discurso “casticista”, en el que unas clases populares de cartón piedra se ponen al servicio de la construcción de una idea tradicional de España. Del otro lado del espectro político, el levantamiento del 2 de mayo siempre ha sido incómodo para la izquierda, que no se explica que la primera irrupción moderna de las clases populares en la política se hiciese en nombre de un Borbón y en contra de la herencia de la Revolución francesa. En los últimos tiempos, Podemos ha intentado sin demasiado éxito disputar la idea de Patria, buscando la matriz popular de la nación española. En un mitin celebrado en la Puerta del Sol en 2015, Pablo Iglesias exclamó que fueron “los de abajo” quienes se opusieron a la invasión francesa, frente a la pasividad de “unos gobernantes que sólo defendían sus privilegios”. Intentando conectar los acontecimientos de 1808 con la proclamación de la II República y el 15-M, el líder de Podemos integraba el Dos de Mayo en un relato alternativo sobre el surgimiento de una Patria popular y progresista1.

Pero más allá de estas disputas políticas por la memoria, merece la pena repensar por qué el levantamiento popular más emblemático de la historia de Madrid se hizo en nombre del Rey, la Patria y la Religión.

En primer lugar, el relato que presenta la guerra de la Independencia como el despertar de la Nación española es una invención, un intento de fijar a toro pasado el significado de los acontecimientos. Cuando los madrileños comenzaron a atacar a los soldados franceses, no lo hicieron con ninguna idea nacional en la cabeza. De hecho, la entrada de las tropas en Madrid suscitó la curiosidad de unos vecinos que acudieron a contemplar en persona a la Grande Armée2. Fueron los abusos y humillaciones cotidianas cometidas por los más de 30.000 soldados – que se alojaban en casas particulares y se abastecían sobre el terreno – los que empezaron a colmar la paciencia de la población. El 1 de abril, una “nube de gente” arrancó los palos de los puestos de fruta y verdura instalados la calle de Atocha para atacar a los franceses al grito de motín. El día 25, un molendero de cacao gallego llamado Antonio Pérez, compró una navaja, se dirigió a la plazuela de Antón Martín y apuñaló al primer soldado francés que se le cruzó. Acto seguido, entró a una confitería y acuchilló a otros dos, declarando que “esos pícaros venían a saquear los tempos del Dios verdadero y a robar el fruto de sus sudores”. Estos incidentes se hicieron más frecuentes y el goteo de soldados heridos no dejó de crecer durante las semanas previas al levantamiento.

                                                                                                                       Puerta del Sol el Dos de Mayo

Los franceses habían humillado al vecindario y los madrileños respondieron mediante una violencia de castigo que buscaba reparar la afrenta. Pero para que un acto de desagravio comunitario propio del Antiguo Régimen se convirtiese en un levantamiento como el del 2 de mayo, hacía falta un elemento adicional. Los soldados napoleónicos no sólo habían robado en los comercios y maltratado a las mujeres, sino que pretendían arrebatar a los madrileños a su Rey. El 10 de abril, Fernando VII había emprendido el viaje que le llevaría hasta Bayona, tratando de conseguir el apoyo de Napoleón para legitimar el golpe con el que había destronado a su propio padre, Carlos IV. Con buen criterio, los madrileños y madrileñas sospechaban de las verdaderas intenciones del Emperador y de las tropas instaladas en la Corte. Las multitudes esperaban la llegada de noticias de Bayona reunidas frente a la Casa de Correos de la Puerta del Sol, actual sede de la Comunidad de Madrid. A falta de noticias oficiales, los rumores sobre el cautiverio del rey mantuvieron a la población alerta. El 2 de mayo amaneció con reuniones en la Puerta del Sol y en el Palacio Real, mientras circulaba el rumor de que los franceses querían llevarse a escondidas al último miembro de la familia real, el infante Francisco de Paula. Era lunes, día en el que la mayoría de los artesanos no trabajaban, pues al contrario que los proletarios modernos controlaban sus ritmos de trabajo y tenían costumbre de alargar el fin de semana. La presencia de un coche preparado para trasladar al infante y las voces de “que nos lo llevan” hicieron aumentar la reunión en Palacio. Cuando unos oficiales franceses se aproximaron estalló el primer conato de motín, reprimido por dispararos contra la multitud, que dejaron los primeros muertos.

La noticia se extendió como la pólvora y los franceses comenzaron a ser atacados en diversos puntos de la ciudad con palos, navajas, tijeras, herramientas de trabajo y unos pocos trabucos y pistolas. Al grito de ¡a las armas!, grupos de mujeres, jornaleros, artesanos, criados, estudiantes o tenderos, reunidos por grupos de afinidad, hostigaron a los franceses y se concentraron frente al parque de artillería y otros cuarteles exigiendo el reparto de armas.

Las columnas napoleónicas avanzaron sobre el centro de la ciudad y, a las 11 de la mañana, la caballería cargó contra la multitud en la Puerta del Sol. Como refleja el célebre cuadro de Goya, los vecinos clavaban sus navajas en los caballos tratando de desmontar a los jinetes para apuñalarlos en el suelo. En el Hospital General de Atocha (actual museo Reina Sofía) practicantes, enfermeros, cocineros y empleados, se defendieron con cuchillos e instrumentos de cocina. Los albañiles que trabajaban en la iglesia de Santiago arrojaron cubos y herramientas desde el andamio, causando varias bajas a la caballería polaca. Más de cincuenta reclusos abandonaron la cárcel para participar en los combates. En la Puerta de Toledo, las mujeres de Lavapiés y el Rastro levantaron trincheras improvisadas para impedir la entrada de los refuerzos que venían desde Carabanchel, sufriendo una carga de 2.000 jinetes. En el corazón del barrio popular de las Maravillas, vecinos y militares defendieron el parque de artillería de Monteleón.

                          

                                                                                                               Grabado italiano sobre el Dos de Mayo

Pero ¿por qué la población madrileña se alzó en defensa de su rey? Es importante resaltar que Fernando VII no era un rey cualquiera, pues acababa de ascender al trono aupado por un movimiento que (aunque organizado por las elites cortesanas) había contado con una amplia participación popular. Durante el motín de Aranjuez de marzo de 1808, la multitud asaltó las residencias de Godoy y sus partidarios, quemando sus muebles en grandes hogueras, arrancando los símbolos de su poder y aclamando a Fernando como su nuevo monarca. Como en los tiempos del motín contra Esquilache, las cuadrillas liberaron a las mujeres encerradas en la Galera y el Hospicio (muchas de ellas por dedicarse a la prostitución) y abrieron las puertas de los presidios, formando una procesión que desfiló por Madrid con “palmas, panderos y tambores” gritando Viva Fernando y muera Godoy.

El joven Fernando representaba la imagen sublimada del buen monarca que respetaba sus deberes con el pueblo y hacía cumplir las normas comunitarias. Bajo su figura idealizada, se buscaba restaurar las costumbres alteradas tras el periodo de Carlos IV y Godoy, cuya corrupción había allanado el terreno para la usurpación francesa. Las clases populares defendían a un rey al que habían elevado al trono, frente al despotismo de su padre y la usurpación de un ejército extranjero. La figura del Deseado encarnaba los principios de un buen gobierno que garantizaba el pan a precios justos, una ganancia legítima para los artesanos y trabajo abundante para los jornaleros. El horizonte de un mundo sin rey resultaba aterrador porque equivalía a la vigencia de la ley del más fuerte, la ausencia de límites para los poderosos. Por ello los trabajadores confiaban en una figura que regulase las desigualdades y garantizase el cumplimiento de las normas que protegían el bienestar de la comunidad frente a la avaricia de los ricos. Esto no quiere decir que su apoyo al rey fuese ciego y acrítico. Desde finales del siglo anterior, la monarquía atravesaba por una profunda crisis de legitimidad, ante la quiebra financiera, el aumento de los precios de las subsistencias y los desastres militares. Pero Napoleón no venía a liberar a nadie, sino a establecer impuestos y requisas para alimentar a sus ejércitos, reclutar soldados para enviarlos a combatir al otro extremo de Europa e imponer unas leyes ajenas a la tradición y los valores comunitarios. Esta lección la habían aprendido los miles de campesinos franceses que se rebelaron contra las conscripciones militares y las exigencias fiscales del Imperio, o los trabajadores napolitanos que en 1799 vencieron a las tropas franceses y tomaron el control de la ciudad durante nueve días en nombre de Fernando IV. Napoleón no quería exportar los benéficos y principios de la Revolución francesa, sino dominar Europa y ampliar su poder personal. En este contexto, la contrarrevolución monárquica podía convertirse en una alternativa viable para los sectores populares. Lejos de luchar en contra de sus intereses, los trabajadores que se levantaron en nombre del Rey lo hacían para defender un modo de vida que veían amenazado. No eran ellos los ignorantes, sino los historiadores que – incapaces de comprender sus motivaciones – los describen como una masa manipulable y fanatizada.

El levantamiento del Dos de Mayo daba respuesta a una situación de excepcionalidad política sin precedentes. La ausencia del rey planteaba un escenario incierto de vacío de soberanía, de cuerpo sin cabeza, que fue resuelto a través de la irrupción violenta del pueblo en armas. Como sostiene Ronald Fraser, los madrileños habían adquirido consciencia de que “mediante su acción conjunta, podían intervenir de forma efectiva en los asuntos de estado” y exigían el derecho a ser gobernados por el monarca que ellos habían elevado al trono para continuar viviendo a su manera3. El pueblo de Madrid se convirtió en protagonista de la Historia. Pero su actuación no fue ni una mera defensa de la tradición ni un acto fundacional precursor de la modernidad política y la soberanía nacional. Sólo el desarrollo de la guerra, la formación de las Juntas y la reunión de Cortes darían sentido retroactivamente al acontecimiento.

Como en cualquier otro motín, las élites urbanas permanecieron al margen de la violencia desatada por el populacho y calificaron el suceso de sangriento y terrible. La imagen del glorioso pueblo madrileño que ha llegado hasta la actualidad es una construcción posterior, elaborada en los años 30 y 40 del siglo XIX. Hasta entonces, el acontecimiento señalado como detonante del “levantamiento nacional” no era el Dos de Mayo sino el motín de Aranjuez. Y es que la violencia de la insurrección popular era difícil de asimilar en el imaginario de unas élites cuyo mayor temor era el populacho enfebrecido. Fue necesario vaciar los acontecimientos del Dos de Mayo de su peligrosidad, para poder integrarlos en el relato de la emergencia de la Nación, construyendo la imagen de un pueblo sano, ingenuo y valiente, que se ha conservado hasta la actualidad a través de las figuras acartonadas de los chisperos y las manolas.

                                                                                                                                      Lo merecía | Francisco de Goya

Sin queremos reflexionar sobre el Dos de Mayo y recuperar la voz de sus protagonistas, debemos dejar al margen las interpretaciones en clave nacionalista, recuperando el significado de un estallido de violencia que, partiendo del repertorio de un motín de Antiguo Régimen, se convirtió en algo más. Al llenar el vacío de soberanía, las clases populares establecieron una nueva relación con la política y con el monarca. El rey que emergió de la guerra de la Independencia no era el rey del Antiguo Régimen, sino un monarca investido de una legitimidad popular inédita que, a ojos de la población, debía su restablecimiento a la irrupción del pueblo en armas. De la ruptura de 1808 no sólo surgieron el liberalismo y la Constitución de Cádiz, sino también un realismo contrarrevolucionario de base popular que dio origen al carlismo. Este movimiento, caricaturizado como un producto del oscurantismo y la ignorancia de las masas, no era un reducto del pasado sino una respuesta novedosa a la quiebra del viejo mundo.

Las izquierdas y los movimientos sociales transformadores no lograrán reconciliarse con el Dos de Mayo hasta que asuman que una parte importante de los sectores populares identificaron los valores que hoy nos parecen universales (como la Revolución y el Progreso) con los comerciantes, los especuladores y los ricos que vivían a costa de su esfuerzo. Abrazaron una contrarrevolución que ponía en sus manos las armas y el protagonismo social, dotando a la defensa de la figura del rey de un contenido que podía resultar socialmente subversivo. El desprecio de la izquierda intelectual actual hacia las masas aborregadas que abrazan el populismo de derechas en contra de sus verdaderos intereses, puede recorrerse también hacia el pasado. Como también la idealización paternalista de un pueblo sencillo y honesto, cuyas manifestaciones culturales se ensalzan para vaciarlas de contenido. La encrucijada que supone para la izquierda la relación entre levantamiento, pueblo, religión y monarquía en 1808, refleja a la perfección su incapacidad de leer la situación social actual. Nunca les perdonaremos que no cumpliesen el papel que, retrospectivamente, les asignamos en nuestro relato perfecto de la historia de la emancipación humana. Ahora que este relato hace aguas, es un buen momento para preguntarse qué falla en nuestra visión de la historia para que nos resulte incomprensible la acción política insurreccional de nuestros antepasados.

          1 Mitin de Pablo Iglesias tras la “Marcha del Cambio” organizada por Podemos el 31 de enero de 2015. Ver discurso en https://youtu.be/0nfn_bQmPs8. Ver también los artículos: “Iglesias advierte en el 2 de Mayo de que también el “protagonismo popular traerá el cambio” al Gobierno”, en Publico.es http://www.publico.es/politica/iglesias-advierte-mayo-protagonismo-popular.html; “Íñigo Errejón encuentra el 15M en El Prado”, El Confidencial, https://blogs.elconfidencial.com/cultura/un-prado-al-dia/2015-08-19/inigo-errejon-15m-goya-mamelucos-el-prado_975856/

2 Aunque en el artículo hablemos genéricamente de “franceses”, lo cierto es que entre los soldados napoleónicos había, entre otros, polacos y egipcios. En levantamiento no tuvo motivaciones xenófobas, en contra de lo que generalmente suele afirmarse.

3 Ronald Fraser, La maldita guerra de España. Historia social de la guerra de la Independencia, Barcelona, Crítica, 2006, pp, 80 y 101.

PARA SABER MÁS:

Ronald Fraser, La maldita guerra de España. Historia social de la guerra de la Independencia, Barcelona, Crítica, 2006.

Rafael Pérez, Madrid en 1808. El relato de un actor, Ayuntamiento de Madrid, 2008.

Descargar: http://madrid1808.memoriademadrid.es/templates/pdf/publicaciones/Relato_del_Actor.pdf

Luis Miguel Enciso Recio (ed.), Actas del Congreso Internacional «El 2 de mayo y sus Precedentes», Madrid, 1992.

Antonio Moliner Prada, “La conflictividad social en la guerra de la Independencia”, Trienio, nº 35, 2000, pp. 81-155

Álvaro París Martín, “Política popular en Madrid en la crisis del Antiguo Régimen, (1780-1834)”, en, Cambios y resistencias sociales en la edad moderna. Un análisis comparativo entre el centro y la periferia mediterránea de la monarquía hispánica, Madrid, Sílex, 2014, pp. 99-109.

Descargar: http://www.academia.edu/10220500/Pol%C3%ADtica_popular_en_Madrid_en_la_crisis_del_Antiguo_R%C3%A9gimen_1780-1834_

José Álvarez Junto, «La invención de la Guerra de la Independencia», Studia Historica, Historia Contemporánea, nº 12, 1994, pp. 81-92.

Descargar en: https://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/80055/1/La_invencion_de_la_Guerra_de_la_Independ.pdf

Antonio Calvo Maturana, “La revolución de los españoles en Aranjuez”: el mito del 19 de marzo hasta la Constitución de Cádiz”, en Cuadernos de Historia Moderna, nº 9, 2012, pp. 145-164,

Descargar en http://revistas.ucm.es/index.php/CHMO/article/view/40687

Pedro Rújula, “La guerra como aprendizaje político. De la Guerra de la Independencia a las guerras carlistas”, en El carlismo en su tiempo: geografías de la contrarrevolución, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2008, pp. 41-63.

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