1942, Atentado de Begoña: un régimen al descubierto

El suceso se produjo durante un acto carlista frente al Santuario de Begoña.

Hace 80 años, el 16 de agosto de 1942, en plena II Guerra Mundial, un comando falangista lanzó dos bombas contra un acto carlista frente al Santuario de Begoña (Bilbao), provocando decenas de heridos, tres de los cuales fallecerían más tarde. Al menos siete de los heridos eran navarros. Los autores materiales del atentado, vinculados a la jefatura de FET y de las JONS, fueron detenidos y entregados a la Policía por los propios asistentes.

El atentado provocó también una grave crisis del régimen, ya que en ese momento el general Varela, ministro del Ejército, salía del templo acompañado por otros altos mandos militares. Varela, entonces, representaba al sector del Ejército opuesto a la entrada de España en la guerra a favor de Hitler y Mussolini, tal y como defendía Serrano Súñer, ministro de Exteriores, cuñado de Franco y en cuyo ámbito, como espías alemanes y miembros de la División Azul, se movían los responsables del crimen.

Varela interpretó que la acción iba dirigida contra su persona y, por lo tanto, contra el Ejército y contra quienes se oponían a la orientación filonazi del régimen, movilizando a la cúpula militar para que el castigo fuera ejemplar. Franco, a su pesar, tuvo que aceptar un consejo de guerra y la ejecución el 1 de septiembre de Juan José Domínguez, verdadero “cabeza de turco” para calmar la agitación en los cuarteles. Pese a ello, Varela dimitió al considerar insuficientes las condenas y Franco aprovechó la ocasión para remodelar su Gabinete, sustituyendo, además, en Exteriores a Serrano Súñer por Jordana, un general menos proclive a la alianza con los nazis.

De acuerdo con los trabajos realizados sobre aquellos hechos, el origen del atentado está en el llamamiento que el jefe de la Vieja Guardia de Vizcaya, José María Maiz, hace a la dirección de FET para que el día 16 en Begoña no se repita lo ocurrido en Bilbao el 25 de julio. Ese día, miles de carlistas seguidores de Fal Conde, contrarios al régimen, a su alianza con Alemania y partidarios de sustituir la dictadura por una monarquía tradicional en la persona de Javier de Borbón Parma, acudieron a una misa en el centro de la ciudad.

Pese a haber sido prohibida expresamente, bloqueado las carreteras, impedida la llegada de trenes e incluso cortadas las líneas telefónicas, se celebró tras la misa una manifestación y después una concentración en la Plaza Nueva, donde se responsabilizó a Franco de llevar España a la ruina y se ensalzó la figura de Fal Conde como el líder que necesitaba España, tal y como este sector del carlismo reiteraba en esos años de posguerra.

En respuesta al llamamiento elevado por Maiz a José Luna, hombre de confianza de Serrano Súñer y segunda autoridad en el Ministerio de FET, se enviaron refuerzos falangistas desde Madrid y Valladolid, que recogieron en Irún a varios miembros de la División Azul que volvían de Rusia, para después confluir en Bilbao con otros procedentes de Santander y Logroño. Entre ellos, se encontraba Miguel Piernavieja, que, como Domínguez, trabajaba para el espionaje nazi, y Mariano Sánchez Covisa, más conocido en los últimos años del franquismo por dirigir los Guerrilleros de Cristo Rey, grupo ultra implicado en los luctuosos sucesos de Montejurra de 1976 contra el sector progresista del carlismo.

El 16 de agosto acudieron en dos coches a Begoña. Aparcaron en un lateral del Santuario para facilitar la huida y se colocaron frente a la iglesia, desencadenándose una trifulca con gritos a favor y contra Franco, Fal Conde y la monarquía. Fue entonces cuando, desde esa posición, bajo un árbol situado a la izquierda de una explanada abarrotada de gente, se lanzaron dos potentes bombas de mano, una de la cuales no estalló. Sin embargo, la segunda, tras ser desviada por alguien que se percató de lo ocurrido, explotó en medio de la multitud, causando una verdadera carnicería.

Desde el principio, los responsables del atentado intentaron demostrar que su acción no iba dirigida contra la misa ni contra las autoridades militares sino contra el sector del carlismo que, como había ocurrido el día de Santiago o en Tolosa solo una semana antes, pretendía convertir un acto autorizado en una “manifestación antinacional, antifalangista y antifranquista”. Los imputados coinciden igualmente, como afirma Domínguez, en que se dieron gritos contra “nuestras instituciones y el jefe del Estado” y que los “Arriba España” y “Viva Franco” eran respondidos con “mueras” y vivas al Rey, a Fal Conde y a la Regencia, añadiendo Domínguez que los carlistas también cantaban la popular copla “tres cosas hay en España que nos muerden la conciencia: el Caudillo, la Falange y el cuñado de Su Excelencia”.

Franco, en la tensa conversación que tiene con Varela tras el atentado, defiende la versión de los autores, asegurando que se habían dado gritos “subversivos”, algo que Varela niega; pero el dictador terminaá aceptando el consejo de guerra ante la presión de los militares. El juicio se celebra el 24 de agosto, solo ocho días después, y el 25 se dictan las sentencias: condenas a muerte para Domínguez y Hernando Calleja (conmutada por 30 años de cárcel); otros 30 años para Jorge Hernández Bravo, 25 para Eduardo Berástegui y Luis Lorenzo, 20 para Virgilio Hernández Rivadulla y 10 para Eugenio Moretón. Ni José María Maiz ni José Luna, verdaderos inductores del atentado, fueron procesados, como tampoco lo fueron los divisionarios Sánchez Covisa y Piernavieja.

Un fusilamiento

El fusilamiento de Domínguez funcionó como verdadero chivo expiatorio en la crisis del régimen, mientras que los demás condenados serían indultados solo tres años después, en noviembre de 1945 por decisión personal de Franco. Incluso, algunos de los implicados fueron reabsorbidos por el sistema y ocuparon durante años cargos de gran relevancia política. Así, José Luna sería procurador en Cortes, igual que Eduardo Berástegui, mientras que José María Maiz fue teniente de alcalde de Bilbao en los años 50 y Piernavieja ascendió a la máxima jefatura en la Delegación Nacional de Deportes.

En el último momento, la Embajada de Alemania intercedió para que se indultara a Domínguez, igual que lo hace Serrano Súñer y el obispo Leopoldo Eijo y Garay, miembro del Consejo Nacional de FET, al que Franco responde con esta significativa frase: “Tendría que condecorarle pero le tengo que fusilar”. El mismo día de la ejecución, Hitler concede a Domínguez la medalla de la Orden del Águila Alemana.

Como se aprecia al leer el sumario 13.088/42, en el consejo de guerra no se tuvieron en cuenta las principales pruebas y testimonios que avalaban la tesis de los procesados; ni los gritos a favor de Fal Conde, del Rey y la Regencia, ni los testigos que días antes anunciaban la repetición de los incidentes del 25 de julio. Pero, sobre todo, no se acepta la existencia de unas pancartas que demostraban el intento falcondista de celebrar, tras la misa, un acto político subversivo.

Según los procesados y también algunos testigos, esas pancartas existieron y en ellas se podían leer las consignas: “Viva Fal Conde”, “Viva el Rey”, “Queremos una Regencia” y “Mueran los traidores”, dirigida esta última a los carlistas “unificados” que colaboraban con el régimen. Hernando Calleja insiste, por su parte, en que le pegaron con uno de los palos de las pancartas y que podría identificar perfectamente al “requeté alto y moreno” que le golpeaba mientras daba gritos de “muera Franco”.

Testimonio de un tudelano

Uno de los principales testimonios, en este sentido, es el de Víctor Caudevilla, comisario nacido en Tudela, que no solamente constata la existencia de las pancartas sino también de consignas convocando a una nueva manifestación en el centro de Bilbao, razón por la cual llama a Jefatura para que la Policía Armada esté prevenida. Más interesante aún es el testimonio de Alberto Mendicuchía, que participa en la inspección ocular sobre el terreno que realiza el fiscal el 20 de agosto. Mendicuchía asegura que, “cuando el público salía, comenzaron a hacerse visibles unos carteles con las inscripciones ‘Viva el Rey” y “Viva Fal Conde”, afirmación que ratifica Felipe Azcoitia, otro de los testigos participantes en esa prueba indagatoria.

Se da la circunstancia de que en esa inspección también interviene, junto a Mendicuchía, Azcoitia y dos testigos más, Francisco Erdozáin Olleta, de Eslava (Navarra), entonces policía municipal y que tiene una destacada participación en la detención de los autores ya que, como relata en su testimonio, vio cómo una persona lanzaba lo que parecía una piedra, pero que, al producirse la explosión, salió corriendo tras el autor, dándole alcance y colaborando en su apresamiento.

Repercusión

Los incidentes tuvieron una especial repercusión en Navarra, ya que el falcondismo, contrario a la colaboración con el régimen y a su alianza con el nazismo, terminó convirtiéndose en la principal opción dentro del amplio espectro político del carlismo. Los falcondistas ya se habían hecho notar en los incidentes del primer aniversario del “18 de Julio” y especialmente el 21 de octubre de 1939, cuando, ante las autoridades oficiales, Fal Conde fue ovacionado por la multitud, lo que le supuso años de arresto domiciliario y destierros.

De los sentimientos que afloraban entre los carlistas navarros da fe el informe de la inspectora nacional de FET y de las JONS Amor Valladares, quien presenció, escandalizada, cómo era apaleado un teniente de regulares por gritar “¡Viva Franco!”. “Nunca pude figurarme –escribe literalmente en su informe- que hubiera un sitio en España donde los vivas al Caudillo fueran castigados de una manera tan brutal”. Unos días antes del atentado de Begoña, el 9 de agosto, con motivo de conmemorarse la ocupación de Tolosa, vuelve a exteriorizarse el enfrentamiento entre carlistas falcondistas, representados en esa celebración por la familia Baleztena, acusados públicamente de “anglófilos¨, y los “unificados”, germanófilos, que son tildados en una octavilla difundida días antes de “estómagos agradecidos y “nuevos marotos”.

Tras el atentado, el Gobierno Civil de Navarra prohibió la concentración prevista para el 23 de agosto en San Miguel de Aralar por los integrantes del tercio de requetés que llevaba ese nombre. Después, el 13 de septiembre, se intentó impedir a toda costa la celebración de un acto en Montejurra, pese a que la misa estaba presidida por el obispo Olaechea que sufrió, igual que todos los demás, los controles de la Guardia Civil en las carreteras. En Pamplona fue acuartelada la guarnición para impedir que soldados y oficiales, muchos de los cuales habían luchado junto a los requetés, acudieran a la convocatoria. En los controles policiales se instaba, además, a los asistentes, incluso amenazándoles con los fusiles, para que se quitaran la boina roja, símbolo con el que solo tres años antes combatían y morían en los campos de batalla.

Según un informe enviado por sus seguidores navarros a Fal Conde, en Correos había una unidad especial dedicada a abrir las cartas de los carlistas y se habían producido varias detenciones, como también las había habido en Málaga, Santander, Barcelona y Tarrasa. Igualmente cita ese documento que la Guardia Civil de Gerona tenía orden de vigilar la frontera “porque se sospecha que por allí se estén pasando armas de Francia para los carlistas”.

El atentado desencadenó
una grave crisis del régimen
franquista provocando
la dimisión del general Varela
y la destitución de Serrano
Súñer al frente de Exteriores

En Navarra salió
considerablemente reforzado
el carlismo falcondista,
contrario a la dictadura
y partidario de la instauración
de una monarquía tradicional

Dimisión en Pamplona

Pero la repercusión más importante del atentado de Begoña todavía estaba por llegar. A comienzos de octubre dimite en bloque el Ayuntamiento de Pamplona, presidido por Juan Echandi, un carlista que había aceptado la Unificación, siguiendo así las consignas de poner fin a la colaboración que el falcondismo venía defendiendo desde el final de la Guerra Civil. Precisamente, la consolidación dentro del carlismo de la corriente falcondista o javierista fue la principal consecuencia política de lo ocurrido hace ahora 80 años, ya que, además de Navarra y Vizcaya, reforzó considerablemente su presencia en las zonas donde el tradicionalismo aún conservaba apoyo popular: Guipúzcoa, La Rioja, Cataluña, País Valenciano y Andalucía.

Aniversario

Así lo demostró al conmemorar el 22 de agosto de 1943 el primer aniversario del atentado con una multitudinaria manifestación, dando gritos a favor del Rey y de Fal Conde, arrollando a la Policía Armada y culminando en una concentración donde en un clima de “entusiasmo indescriptible” miles de personas se despidieron al grito de “¡Fal, Fal, Fal… Fal Conde!”. Dos falangistas que provocaron a los manifestantes gritando “¡Franco, Falange y nadie más!” estuvieron a punto de ser linchados. Al día siguiente eran detenidos una treintena de carlistas, entre ellos los jefes de Bilbao y Vizcaya. Algunos fueron desterrados; otros enviados a prisión.

Los seguidores de Fal Conde y Javier de Borbón Parma intensificaron, a partir del atentado de Begoña, la estrategia de atraer a los militares más disconformes con el régimen franquista, como también lo hacía en esos años la Unión Nacional del PCE con sus boletines “Patria y Ejército” o “La Voz del Soldado”. En este sentido, tras el atentado, difundieron profusamente una declaración titulada “El crimen de la Falange en Begoña. Un régimen al descubierto”, en la que califican el sistema político surgido de la Guerra Civil como “el régimen más repugnante que ha padecido nuestro pueblo” y al que se debía hacer frente “igual que se hizo con la República de 1936”, por lo que realizan un llamamiento explícito al Ejército para que ponga fin a “esta farsa sangrienta que está hundiendo a España en la vergüenza y la ruina”.

 

Artículo escrito por Manuel Martorell