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[Opinión]  ¿ TURISMOQUE ?

Artículo de Jesús María Aragón  

En El País del pasado 15 de agosto, Víctor Lapuente, mediante una construcción literaria artificiosa, identifica “turismofobia” con “neocarlismo”; ¡ahí es nada!.  En su escrito menosprecia y minimiza el derecho a ganarse la vida de los campesinos del siglo XIX así como de los trabajadores precarios de hoy día al tiempo que exalta y justifica el liberalismo diciendo que es el “creador del Estado de Derecho liberal”, como si fuese el non plus ultra de la organización social, política y económica. También presenta el tópico del carlista militar del siglo XIX al que califica de la misma manera que a los miembros de Arran y Ernai: “activista”.

El Partido Carlista, en su acción política, no se mueve por antagonismos sino que promueve la acción conjunta y en común, en el esfuerzo por dar una salida a los problemas que surgen en la interacción social, y por eso apoya los intentos de las autoridades democráticas de las islas Baleares y de Barcelona en esta cuestión del turismo, en poner un poco de orden, con el objetivo de una sociedad más equilibrada, más justa.

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Carlos Hugo, la utopía romántica carlista

RAÚL MORODO

EL PAÍS  02/09/2010

En los veranos, por tierras catalanas, en Garraf o en Sitges, solíamos vernos, mi familia y yo, con don Carlos y con su hermana doña María Teresa, que pasa siempre unos días en nuestra casa. Este agosto, María Teresa, con sus hermanas y sobrinos, vinieron junto a Carlos. Decidimos acercarnos a Garraf y, en un restaurante marinero, almorzar todos, pero ya Carlos no pudo incorporarse: estaba todavía lúcido, pero necesitaba volver a la clínica barcelonesa, en donde fallecería pocos días después.

Conocí a Carlos Hugo de Borbón-Parma, más o menos, hace 40 años en Madrid. Desde entonces, lo traté con más frecuencia, establecida ya la democracia. Aunque en sectores políticos distantes, lo encontré, desde que tuve relación con él, un hombre digno y sin dobleces: amable y sencillo, inteligente y culto sin afectación (graduado en La Sorbona de París y en Oxford; más tarde colaborador y gran amigo de Ken Galbraith en Harvard), viajero curioso y atento autor de libros, lector incansable, rara avis en las familias de la Casa Borbón (Pedro Sainz Rodríguez, con su habitual socarronería, solía decir que “los Borbones leen solo las actas de nacimiento”). Y algo más importante: nunca con rencores y siempre, con su fondo humanista, atento a la amistad que gratifica. Ha fallecido con 80 años, pero con juventud de espíritu y entusiasmo de adolescente intactos: un hombre que, con generaciones tras de él, ha representado, después de su padre don Javier -“el viejo Rey”, para los carlistas- y como príncipe, una ideología y un movimiento, siempre polémicos, que han estado muy presentes, más de siglo y medio, en nuestra historia contemporánea.

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Carlos Hugo, el príncipe intrépido

FERNANDO GARCÍA-ROMANILLOS

EL PAÍS 20/08/2010

Con el fallecimiento del príncipe Carlos Hugo de Borbón, el 18 de agosto, espero que no se repita la fea costumbre de llenar de ditirambos a quien en vida se le quiso rodear de silencio. Que los estudiosos coloquen en el lugar histórico que se merece al príncipe de los carlistas, que junto a sus defectos portaba reconocidas cualidades de sabio, inteligente, intrépido y, por encima de todo, honesto.

Le vi hace dos meses, en el rincón de la costa catalana donde vivió estos dos últimos años. Disimulando las huellas de su penosa enfermedad con la vitalidad que conservaba a los 80 años y olvidando recomendaciones dietéticas, hablamos más de lo humano que de lo divino alrededor de una fritura de pescado y unas cervezas, sabiendo que posiblemente sería nuestra última tertulia. Se explayó sobre lo que ahora estaba investigando y escribiendo: el gobierno de las finanzas globales, las políticas monetarias y el desarrollo de los pueblos.

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Carlos Hugo de Borbón Parma, in memoriam

CARLOS CARNICERO

Hace tres días falleció en Barcelona Su Alteza Real el príncipe Carlos Hugo de Borbón Parma. Mi amigo y compañero, el periodista Fernando García Romanillos, escribió un obituario intimista, brillante y riguroso en el diario El País, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Yo por mi parte he recuperado la memoria de aquellos años en las líneas que he escrito y que transcribo a continuación.

Conocí al príncipe Carlos Hugo de Borbón Parma en los Sanfermines de 1.968, en casa de Miguel San Cristóbal. Era entonces el príncipe un joven bien parecido, formado en las mejores universidades europeas y cargaba con la responsabilidad -y probablemente con el estigma- de ser descendiente directo de los reyes carlistas y heredero legítimo de esa causa. Casado con la princesa Irene de Holanda, formaba un coctel explosivo para un régimen que daba sus primeras y definitivas muestras de agotamiento. Su presencia clandestina, picando carbón, durante tres meses en el fondo de la mina asturiana de El Sotón le hizo tomar contacto con una de las manifestaciones más duras de la clase trabajadora.

Quedé fascinado por la frescura de su pensamiento y por el atractivo intelectual de unas ideas sobre la democracia y la España moderna que tenían en primer lugar el objetivo ambicioso de convertir el carlismo -una fuerza política contradictoria con un pasado difícil de remontar por su participación en el bando nacional de la guerra civil y con sus tradiciones forales ancladas sólidamente en las comunidades históricas y precursoras de los nacionalismos periféricos- en un partido moderno, democrático y socialista.

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Reportaje a nuestros compañeros en EL PAÍS

La lenta agonía del carlismo

ANDER LANDABURU – Bilbao – 09/05/2010

¿Qué es ser carlista en el siglo XXI? Para Bittori Salinas, veterana militante de este movimiento con más de 175 años de historia, sin ninguna duda, “es algo muy difícil”. Algo complicado para los viejos militantes del Partido Carlista o EKA (Euskadiko Karlista Alderdia) en Euskadi y Navarra, en donde han visto mermarse sus fuerzas, poco a poco, desde la transición. Hoy, sin embargo, unos pocos centenares de militantes y simpatizantes intentan mantener esa pequeña lumbre de esperanza a pesar de lo que ellos definen como “frustraciones”, “engaños” y “traiciones”, a los que se añaden los escasos resultados electorales de estas últimas décadas.

En la impresionante sede del PC (Partido Carlista) de más de 800 metros cuadrados de Tolosa, requisada por Falange Española en la dictadura, rodeada de históricos cuadros de Carlos VII, del general Zumalakarregi, afiches, carteles y foto, junto a una amplia biblioteca, todo huele a pasado. Son valiosas reliquias de la historia. Salinas, concejala en la primera Corporación democrática, se muestra combativa y no renuncia a los postulados que se definieron a principios de los 70 en el PC: socialismo, federalismo y autogestión. “Quizá evolucionamos demasiado de prisa y muchos no nos entendieron, como por ejemplo cuando nos pusieron a parir por colocar la ikurriña en 1978, o más tarde firmamos el Pacto de Lizarra. Y eso nos afectó”.

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