CARLISMO SOCIOLÓGICO

Por Alberto Ibarrola Oyón –
El carlismo, movimiento mayoritario en Navarra hasta hace no muchas décadas, apenas da señales de existencia en nuestros días. La causa de que casi haya desaparecido se debe en gran parte a la labor política de un oscuro personaje histórico, el conde de Rodezno (1883-1952), que nombra una de las principales plazas de Pamplona en un flagrante incumplimiento de la Ley de la Memoria Histórica. No fue hasta la llegada de este político al liderato del carlismo navarro, en los años 30 del siglo XX, cuando esta tendencia política renunció a los principios que la diferenciaban de otras derechas españolas y del fascismo: el social-catolicismo antiliberal y la defensa de los fueros y las tradiciones.

El conde de Rodezno frustró la firma conjunta de carlistas y nacionalistas vascos de un estatuto de autonomía para las cuatro provincias vascas, apoyó el golpe de estado de 1936, aceptó la creación del partido único junto a la Falange y desempeñó el cargo de ministro de Justicia durante la dictadura franquista. Consecuentemente, el carlismo perdió su esencia y dio lugar a una escisión entre partidarios del fascismo y socialistas, postulando los segundos que desde sus orígenes los carlistas han estado con el pueblo. Paradójicamente, en la única guerra civil que resultó vencedor, la de 1936-39, la cuarta que protagonizaba, el carlismo encontró su fin o, en cualquier caso, se convirtió en una corriente minoritaria con un casi nulo respaldo electoral.

Parece lógico preguntarse dónde se halla la herencia sociológica de un movimiento derechista que dominó la escena política navarra durante más de un siglo. Tal vez alguien podría pensar, por la correlación de apoyos sociales, que aquella mayoría tradicionalista tiene su continuidad en la actual derecha de UPN. Sin embargo, tras un análisis más profundo de su acción gubernativa, se llega a la inevitable conclusión de que la tradición carlista no pervive en absoluto en el partido regionalista. Mientras los fueros se erigían como su auténtico bastión, el Gobierno de UPN apela al autogobierno solo en clave electoral, sin ninguna eficacia, con una presidenta que, al fin y al cabo, es un caballo de Troya de la derecha centralista y españolista en Navarra.

Cabe recordar, también, que aquella ideología se constituyó como acérrima defensora de las tradiciones, que en Navarra se confunden o identifican con la cultura vasco navarra, valioso aporte cultural contra el que UPN lucha con verdadero ahínco. Por otro lado, su apuesta por el socialcatolicismo, primero, y por el socialismo de autogestión tras la escisión, se contradice con el neoliberalismo de la política económica que lleva a cabo el Gobierno foral. Además, del conservadurismo moral tradicionalista solo les queda una ridícula pose y se circunscribe única e hipócritamente a su imposición al pueblo, pues ni lo comparten, ni lo practican, aunque saben les da votos; de ahí que le pidan a Santa María la Real lo que no son capaces de lograr por sí mismos.

No pretendo reivindicar el carlismo, por lo menos no su vertiente de extrema derecha; opino que conformaba una tendencia violenta e intransigente. La Guerra Civil y el franquismo, con sus más de 3.200 navarros ejecutados, supusieron un atropello a los derechos humanos y a la democracia, y el requeté, fuertemente militarizado, desempeñó un papel crucial en el triunfo de los fascistas. Sin embargo, los gobernantes navarros actuales no trabajan porque Navarra conserve su patrimonio etnográfico, algo que el carlismo sí procuraba. Y, en estos días en que el autogobierno navarro se cuestiona y se ataca desde Madrid y desde partidos liberales y centralistas, merece la pena recordar que los navarros y navarras siempre fuimos muy celosos de nuestros fueros, y que en la actualidad el Gobierno de UPN, en su seguidismo del PP pese a los desplantes, no responde a esa inquietud histórica.

El autor es escritor (DDN 30-09-14)

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